miércoles, 17 de enero de 2018

Babear las nalgas



Cuando era púber me quedé dormido en el camión, justo del lado que daba al pasillo. En el sueño mi cabeza reposaba en una nube afelpada de aromas cítricos. La tersura de su vaivén me arrullaba en sus contornos sinuosos hasta que una violenta sacudida me despertó. 

--Oye niño, ¿qué te pasa?
--Lo siento, señora. 
--Ya me babeaste las nalgas, puerco. 
--Disculpe, no creí que fueran suyas --dije mientras con la manga del uniforme secaba mis labios. 
--Si serás animal. ¿Y de quién chingados creías que eran? --respondió mientras cambiaba de mano la bolsa con naranjas. 
--Creí que era una nube. 
--Que nube ni qué la chingada. A ver si aprendes a no dormirte en el pesero.
Eso mismo me dijo, años después, mi amigo Luca Ilhuicamina, quien nunca ha viajado en transporte público, pero sabe de nalgas y de la vida. A pesar del bochorno, la experiencia me dejó grandes lecciones. Por ejemplo, aprendí a no babear en público mientras duermo y que todos los viajes ilustran, así vayas en pesero.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Aquellos villanos villancicos navideños


Uno sabe que la Navidad ha llegado cuando retumban los villancicos de “Las Ardillitas con Lalo Guerrero” en el microbús. Pero esta degradación de la lírica popular no termina ahí, siempre llega Pandora a sorprendernos. Es muy probable que el autor del primer villancico, contenido en el Auto de los Reyes Magos, del siglo XII, hubiera preferido escribir su epitafio a soplarse una sobredosis de pop navideño. 
Los villancicos, tan arraigados en nuestra cultura popular, no siempre fueron ni navideños ni sacros ni cultos. Según Valencia Zuloaga, la palabra “villancico” es estrictamente castellana. Significa villano, un habitante de la villa o de una población común. Por esto, en sus orígenes, el cantar de villano (villancico) es un texto vulgar (no confundir con grosero), de estilo rústico y de carácter profano que evolucionará gradualmente hasta transformarse en los villancicos barrocos de tema navideño y sagrado. Y como cualquier evolución lírica no estuvo exenta de influencias. En su torrente sanguíneo hay glóbulos de la cultura provenzal, gitana, árabe, judía, indígena y africana, por mencionar algunas. El villancico no tiene sangre azul ni nació en el portal de Belén como muchos consideran. Eso sí, fue utilizado por los misioneros españoles para evangelizar a los indígenas, lo que dio pie al villancico criollo y sacro. De hecho, como han documentado Zuloaga Valencia y Marín López, la producción de villancicos en España y América fue asombrosa en el pasado. Tan asombrosa como las llamaradas que consumieron los archivos antiguos por instrucción de los cabildos. 

Antes de que Chabelo hiciera su versión popular de “Mamacita, dónde está Santa Claus”, ya existía la versión original de Augie Ríos, un intérprete infantil, escrita por George Scheck, Rod Parker, y Al Greiner. De igual forma, previo a los villancicos cultos y sacros de mi querida Sor Juana Inés de la Cruz, ya estaban los de corte profano, popular y anónimo. Así pues, en los villancicos había dos formas de tradición: la vulgar y la culta. En el primer caso eran composiciones individuales o colectivas emanadas del pueblo. En el segundo, eran composiciones artificiosas, elaboradas por poetas y compositores, quienes no necesariamente albergaban en su pecho la intención de recoger las tradiciones populares. De hecho rompen con el villancico vulgar en su estructura, en su polifonía, y se apropian de una interpretación mucho más personalizada de las formas antiguas. 
Además, existen algunos cancioneros de finales del siglo XV y principios del siglo XVI que pueden revelarnos está evolución entre lo vulgar y lo culto. Ellos son un invaluable puente de contacto con la tradición oral, de la lírica popular no escrita, durante la Edad Media. Recordemos que antes del siglo XV no se le llamaba villancico en otros países, sino zéjel, cantiga, rondó, virelai, ballade,  villanella, villamotta, pastorella di natale (de origen italiano).

En cuanto al carácter emotivo de los villancicos, cada quien habla de ellos según su evocación. En lo particular me traen recuerdos entrañables: como encontrarme al coro del Ejército de Salvación, cantando en la Alameda Central, mientras camino diligente a comprar libros al Fondo de Cultura Económica “Juan José Arreola”; o aquella tarde en que leí las cálidas letras de los villancicos sacros de Sor Juana o los profanos de Juan del Encina, en una modesta cafetería de la calle de Donceles; o escuché la fascinante música de Manuel de Sumaya en un atrio de la ciudad de Querétaro; o vi al irreverente “Alf”, mi serie favorita en la infancia, celebrar la Navidad con los Tanner, mientras afirmaba que en Melmac los villancicos estaban en prisión.

Uno sabe que la Navidad ha llegado, cuando las líneas de un viejo poema, de Juan del Encina, encienden el afecto y apuran el brío:  “Comamos y bebamos tanto, /hasta que nos reventemos,/que mañana ayunaremos”.





martes, 12 de diciembre de 2017

El sincretismo maternal de Guadalupe


Hace unos días un nutrido contingente de católicos marchó por quinta ocasión contra la escultura Sincretismo, de Ismael Vargas. No me sorprendió su reparo. Jalisco es uno de los estados donde se concentra un amplio número católicos. Si hubiera un concurso donde ganara quien baile el Son de la culebra con un no católico, perdería. Lo que sí me dejó estupefacto  fue que la protesta no era por los 5.2 millones que costó la escultura de Vargas, ni por lo horrible que le salió. Afortunadamente las herejías artísticas nunca las castigó el Santo Oficio, porque a Vargas lo hubieran reprobado en el potro. La razón de la marcha era exigir el retiro de la obra de Vargas, no por fea y cara sino por ofensiva y sincrética.  Y es justo en este último aspecto donde meteré mi cuchara sin cromo teológico, pero con baño histórico: el sincretismo guadalupano.
Los católicos arguyen que la Virgen de Guadalupe no es sincrética porque el sincretismo pretende juntar aspectos que no necesariamente son verdaderos, pero sí paganos. Por ejemplo, juntar Coatlicue-Tonantzin, continuación complaciente del mundo indígena, con la Virgen de Guadalupe es una afrenta. Esto para ellos es sincretismo y paganismo. La Iglesia católica defiende que la Virgen de Guadalupe ya existía, era una imagen sagrada y profética; era una inculturación perfecta, porque ponía a Cristo en el corazón del ser humano. Ella incultura a Cristo, afirman. Es el modelo de evangelización perfectamente inculturada. Supongo que esta inculturación no es exclusiva de Guadalupe. Todas las vírgenes también hacen lo mismo desde Bogotá a Madrid. No me imagino a la Virgen de Fátima o a la del Carmen, como piezas de porcelana hueca.
En cuanto a la negación del sincretismo, habrá que recordarle a la Iglesia católica que en tiempos prehispánicos el cerro del Tepeyac había sido un lugar sagrado dedicado a la diosa madre Tonantzin-Cihuacóatl. Jacques Lafaye  ha señalado en reiteradas ocasiones que el culto guadalupano propagó la devoción a partir del trasfondo prehispánico. Ahí está el registro de la peregrinación al santuario de la Tonantzin en el Tepeyac, a la que asistieron los indios antes de la Conquista, es decir, la Basílica a la que asisten hoy día millones de personas.
Por tal motivo, el guadalupanismo es un culto creado en un contexto indígena pero aceptado por los españoles, lo cual le dio solidez. No hubiera echado raíces profundas de haber suprimido dos de sus principales atributos: la maternidad y la identidad nacional.

Por ello, resulta contradictorio que la Iglesia católica vea al sincretismo como una pérdida de identidad, como un signo de decadencia religiosa, como un corruptor de la Verdad teológica. Si ya en el siglo XVI los religiosos franciscanos tenían el objetivo de suplantar la imagen de Tonatzin-Cihuacóatl, para canalizar la devoción hacia la Virgen de Guadalupe y así contribuir a la evangelización de los indígenas del altiplano central, como lo ha documentado Gisela Von Wobeser. Para ello se valieron de una pintura de la Virgen de Guadalupe, elaborada por el indio Marcos a petición de los franciscanos, misma que destacaba por el hecho de carecer del Niño en brazos. Recordemos las imágenes marianas de los siglos XV y XVI que se distinguieron por eso. ¿A qué se debió este reemplazo? Quizás al interés de los franciscanos por promover una controvertida doctrina: la de la Inmaculada Concepción de María, o sea de su gestación libre del pecado original.
O bien hay otra razón posible, la de elegir una figura cristiana con características similares a las de Tonantzin-Cihuacóatl. Esta sustitución de imágenes paganas por figuras cristianas con tipologías parecidas resaltaba el carácter materno de Guadalupe. Un truco más viejo que el clavo del calendario.
En el albor del siglo XIX, los mestizos novohispanos rompen con España. A partir de ahí comienza la formación de México como nación. Si a eso le agregamos el elemento racial que se reactiva durante ese mismo siglo, podemos afirmar que la virgen de tez morena se arraiga a la raza de origen. Es el baluarte del movimiento independentista y el de un Estado nación que pretende ser confesional.
La Virgen de Guadalupe se vuelve la madre mestiza; la madre integradora de la nación mexicana. Una patria plural, diversa y mestiza, producto del sincretismo novohispano. No hay comunista mexicano que no sea guadalupano. Pero el gran momento de la Virgen de Guadalupe es cuando deja de ser utilizada como el culto oficial del Estado. Entonces deviene su expansión.
Por último, el sincretismo no es contaminación, ni es diabólico; es una vinculación a nuestra historia cultura. Tan visible como el hecho de que el primer presidente de México, José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, se cambió el nombre a Guadalupe Victoria, en honor a la mismísima Virgen de Guadalupe. ¡Cuánta profanación de estos místicos beligerantes, Dios mío! Si los católicos de Jalisco deciden marchar por sexta ocasión, mas les valdría hacerlo por el desfalco al erario de una horrible escultura y no por el sincretismo guadalupano que, también, nos ha dado identidad y pertenencia.






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viernes, 1 de diciembre de 2017

Titivillus y las ilustraciones impúdicas

De niño le pintaba bigotes y quevedos al Benito Juárez del libro de texto gratuito. Mis alumnos le pintan sombrero y barba al Quevedo de su libro. A Góngora le respetan su fealdad; así son ellos con los poetas culteranos. Supremacistas.
Es muy común que los estudiantes dibujen en clase; con frecuencia lo hacen en sus bancas, en sus libros de texto y en sus exámenes. Recuerdo que una alumna trazó una jirafa en el examen. La llamó La Jirafa del perdón. Otro alumno me dibujó un mapa de Europa, lo tituló el Sacro Imperio Romano Germánico de la Suerte. Los monjes copistas de la Edad Media transcribían libros teológicos y furtivamente pintaban obscenidades y ocurrencias en los márgenes de los libros. A veces dibujaban abadesas recoge penes de un árbol de falos; o bien, frailes defecando con el culo y los testículos al aire, como globos chinos. En ocasiones pintaban conejos asesinos que degollaban reyes o nobles. Los Monty Pyton, este grupo de humoristas británicos, tienen una parodia increíble al respecto (https://www.youtube.com/watch?v=VM5SETOYnd8).


Ese carácter lúdico, iconoclasta y transgresor nos permite profanar el aura de sacralidad que rodea al mundo libresco. La Edad Media se pinta sola para ello. Los copistas medievales se cuidaban de la intromisión de un demonio al que nombraron Titivillus o Tutuvillus. Este representante de Satanás lo mismo introducía errores de redacción que omisiones en el trabajo de los copistas. Habitualmente derramaba la tinta del scriptorium sobre un códice a punto de terminar o provocaba la distracción de los amanuenses, quienes equivocaban la transcripción. Entonces este personajillo molesto recogía los errores y las faltas de los escribanos, echándolas dentro de un saco pestilente para llevarlas al infierno como prueba de laxitud cristiana.

Probablemente los clérigos le atribuyeron a Titivillus las sátiras trazadas en los bordes de los manuscritos monásticos, pero no imaginaron que dichas imágenes, siglos después, serían dignas de estudio y de memes.

Si la existencia de Titivillus me hubiera sido revelada en la tierna infancia, lo habría culpado de mis errores en las tareas de mecanografía, en los ejercicios ortográficos que me dejaba la maestra Claudia y hasta de pintarle bigotes y quevedos al Benito Juárez del libro de texto. Aunque por el prócer me hubieran hecho un descuento,  ya ven que era masón y anticlerical (que no ateo).  Además, uno nunca sabe si las ilustraciones de hoy serán los estudios socioculturales del mañana.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Brócoli baila bachata


En el gimnasio hay un tipo larguirucho y correoso que baila bachata. Se parece de lejos al actor que sale en las películas de Pasolini. De cerca se parece a un brócoli. El actor favorito de Pasolini se llama Ninetto Davoli. El muchacho que baila bachata no sé. A partir de este momento lo llamaré Brócoli Davoli. El tal Brócoli es una especie de instructor holístico o lo que la pedagogía moderna llamaría interdisciplinario; es decir, sus métodos de enseñanza convergen con distintas disciplinas. Por ejemplo, cuando me encuentro a Brócoli en el piso de la alberca techada, instruyendo a una jovencita trigueña de piernas torneadas, lo primero que hace es ponerle una rutina de yoga, luego abdominales y lagartijas, después bailan bachata lúbricamente y se besan; en seguida la joven trigueña se da un chapuzón. Sale de la alberca y repiten la rutina. En una ocasión la profesora de natación le pidió a Brócoli que apagara su música "por favor", pues no le permitía dar clase a cuatro niños. Brócoli la ignoró. La profesora desconectó la grabadora y le dijo que sólo una vez pedía las cosas amablemente. Luego sopló su silbato y los niños se arrojaron de bombita a la piscina. Mojaron la grabadora. Juro por el Poseidón de las albercas que vi los chinos perfectos de Brócoli Davoli alaciarse de la muina. No dijo nada, sólo tomó su grabadora, puso una mano en la nalga de la joven trigueña y se largó.

Pasolini y Ninetto Davoli, 1969.

Hace unos días volví a encontrarme a Brócoli Davoli en la zona de pesas. Ahora instruía a dos jovencitas diferentes: una morena de rizos oscuros y una lacia castaña de tez blanca. A la morena le ponía una rutina de pierna con pesas, mientras bailaba bachata con la de tez blanca y la besaba. Luego a la de tez blanca la ponía a cargar peso muerto mientras bailaba bachata con la morena, a quien también besaba. Y así sucesivamente. Brócoli Davoli movía sus caderas, restregándose en la entrepierna de ambas mujeres ante la atónita mirada de los usuarios que deseaban desplazarse libremente por la zona. De pronto, la morena le dijo algo parecido a eres un cabrón y enfurecida se perdió entre las caminadoras y las bicicletas de spinning. Brócoli Davoli reaccionó como lo hubiera hecho cualquier instructor ofendido, besó a la joven de tez blanca como en los videos de bachata de Romeo Romerito e hizo su movimiento de cadera brocoliano, mismo que consistía en mover el culo frente al espejo. La joven de tez blanca sonreía admirada, lo veía como si fuera una escultura de brócoli tierno y brillante, dispuesto a ser devorado.