Uno de los momentos cúspide de mi vida, donde me siento un verdadero general Patton en la costa de Marruecos, es cuando aplico exámenes finales. Los exámenes finales tienen como característica principal generar en los profesores cierto magnetismo que produce en los alumnos altas dosis de mansedumbre, esfuerzo desmedido, avidez cognitiva, trato amable y respetuoso. Si durante el curso escolar el alumno respondía beligerante al ser amonestado (Profesor, no me fastidie, no ve qué estoy haciendo la tarea que dejó la maestra Gina), o bien, pasaba la clase viendo un punto blanco imaginario o embarrado en el pupitre (mientras uno dictaba su cátedra magistral en torno a la importancia de la materia equis en la vida cotidiana, dejando medio hígado tirado en el aula), durante los exámenes finales estas deficiencias del alumnado se desvanecen por arte de magia.
A lo largo de mi corta experiencia docente he sido testigo de diálogos perfectos como los siguientes: ¿Profesor, no me puede ayudar? Pero si no hiciste nada durante el curso, te la pasaste dormido. Es que su voz me arrulla; además nunca di problemas.
Profesor si le entrego la guía me sube un punto para que pueda pasar. Pero si la debías de entregar para que te diera derecho a examen final. Sí, profesor, pero tuve un problema familiar-existencial-amoroso, y no la pude entregar. ¿No me la puede recibir extemporánea y me sube un punto?
Profesor (aquí el alumno se quiebra en llanto) necesito pasar, sino mis padres no me llevarán de viaje a Ibiza y ya compraron el boleto. Pero si me dijiste que no habías estudiado porque estabas deprimida, debido a que en tu casa no tenían dinero para pagar la colegiatura. Sí, profesor, pero es un regalo de la abuela.
Profesor, si le regalo una botella de whisky finísimo y un libro me pasa. No, detesto el whisky, y descargo los libros de Internet.
Este pequeño ritual se le conoce como “negociación académica”. Un proceso en el cual el alumno pasa de ser un lirio que flota en las aguas cenagosas del canal de Xochimilco a una persona pedinche. Claro que lo más interesante de esta negociación académica es nunca olvidar la máxima de la sabiduría popular: Hacerle un favor al ingrato, es tanto como ofenderlo. O lo que el maestro Groucho nos recuerda: Nunca olvido una cara. Pero en su caso, haré gustoso una excepción.
Después de mucho reflexionar he resuelto hacer una defensa del compadrazgo. Mi decisión se debe a dos razones: la primera es que a lo largo de la historia de México se puede observar cómo el “compadrazgo” ha prevalecido en la mayoría de las decisiones políticas del país, para bien o para mal, y es parte de nuestro tejido cultural intangible. Por ejemplo, qué hubiera sido del país sin el plan de Agua Prieta y el pacto establecido entre Adolfo de la Huerta, Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles. O bien, Porfirio Díaz y Manuel González. Asimismo, cómo olvidar aquella frase de Juárez: con mis amigos la benevolencia, con mis enemigos la ley. También está el ejemplo de lo que Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, apunta que ocurre en México “crony capitalism”: el capitalismo de cuates, que retomó Denisse Dresser en su célebre ponencia ¿Qué hacer para crecer? Ejemplos tenemos y de la más variada tonalidad.
En segundo lugar, es casi un hecho que los mexicanos no vamos a cambiar nuestras malas costumbres de un día para otro (ni nunca) y seguiremos fomentando las mañas retorcidas con nuevos nombres. Por tal motivo,considero lo siguiente:
1. El compadrazgo como aspecto sociocultural del mexicano debe institucionalizarse. La formalidad es indispensable.
2. Establecido el compadrazgo deberá volverse el picaporte hacia la movilidad social, el progreso y el desarrollo político, económico y educativo del país. No se debe olvidar que todo compadrazgo no es perfecto, sino perfectible.
3. Debe existir un compromiso inalienable entre los que suscriban el acuerdo, implícito o directo, para buscar el progreso material, económico y espiritual tanto de los beneficiados por ese pacto como de los círculos en donde sus decisiones influyen.
4. El compadrazgo debe fomentar la grandeza de los individuos y de las nación através del fortalecimiento de los valores morales y de la solidaridad intrínseca que los llevo a celebrar dicho acuerdo.
5. Es requerimiento indispensable que el compadrazgo se suscriba entre hombres libres, educados y de costumbres bienhechoras. Hombres que no fomenten los vicios ni la maledicencia. De esta forma, se evitarán las críticas que lo señalarían como una de las piedras de obstrucción del desarrollo.
Por el momento, son las que se me ocurren, si se les viene algún otra a la mente es bienvenida. El compadrazgo existe, pero se debe profesionalizar. Tal vez se me reclamé por esta propuesta. No obstante, estoy convencido de que el 90% de la población mexicana ha recurrido o se ha beneficiado de este mecanismo en más de una ocasión (me incluyo). El problema ya no es siquiera eso; el problema se vuelve crítico cuando la siguiente premisa se nos vuelve costumbre: “Es bien pendejo, pero es mi compadre”. Lo mejor sería decir: “Es tan brillante que es mi compadre”. Si la grandeza se rodeará de grandeza, tal vez otro gallo nos cantaría. Recordemos aquella vieja conseja latina de Séneca: “Nosotros podemos nacer según nuestra voluntad. Existen familias de talentos distinguidísimos: elige en la que quieras ser admitido”.
Durante estas vacaciones de semana Santa me propuse lo siguiente: ponerme al día en mis lecturas atrasadas, ver películas de culto, echarme un chapuzón en una alberca, visitar a mi amigo Arturo en Querétaro y escribir en mi blog. Salvo lo último, no hice nada.
Cuando me disponía a leer o ver una película sonaba el teléfono o el timbre o simplemente me agarraba un terrible sopor que me mandaba noqueado a dormir. Respecto a la alberca, lo más cercano a un chapuzón fue una súbita lluvia que me mojó ligeramente el sábado de Gloria. Y en lo referente a mi viaje, basta decir que la única conexión que tuve con ese hermoso estado fue la llamada que mi amiga Lorena me hizo desde allá. No obstante, después de estos propósitos inacabados, decidí no claudicar y cumplir al menos uno de los objetivos propuestos. De tal forma, salí a buscar tema de inspiración para esta columna. Después de un largo andar por las calles del Centro Histórico el tema seguía sin vislumbrarse en mi cabeza. Así que me senté en una banca, frente a la Alameda Central, para ver si se me ocurría algo digno de contarse. Nada. Mi mente sólo pensaba en todo lo que no había hecho. Suele ocurrir que cuando uno sale de vacaciones planea que hará mil actividades ya con la familia, con los amigos o uno solo, porque se considera poseedor de todo el tiempo del mundo, y sucede también que terminas por no realizar ninguna actividad. También suele ocurrir que las ideas llegan después de haber salido a buscarlas.
Lo cierto es que uno se dice: estas vacaciones arreglaré la llave del lavadero o visitaré a mi tío Hipólito que vive en Villa Chínipas de Almada y ni arreglas la llave ni visitas Chihuahua, terminas viendo la tele junto a tu madre o sentado en una banca frente a la Alameda. Del mismo modo te dices saldré a visitar la ciudad y sus museos ahora que todos están de vacaciones, pero no consideras que hay otros turistas ávidos de expandir sus experiencias culturales. Así que sales al encuentro de la ciudad, te engentas y terminas recluyéndote en tu casa o en una cafetería. Recuerdo que hace cuatro años me fui una semana a Huatulco y me llevé dos libros porque creí que me la pasaría echado en la playa, leyendo. Claro, me la pasé echado sobre la arena, junto a unas cervezas y mi amigo Morales, pero no pude leer nada porque resultaba cien veces más placentero ver el límpido mar azul que se balanceaba frente a nosotros que abrir la página cincuenta y siete (donde me había quedado) del libro de Tokio ya no nos quiere. De igual forma sucede cuando emprendes la aventura por la ciudad de Oaxaca y te propones visitar Santo Domingo, el Museo Rufino Tamayo, el Antiguo Palacio de Gobierno, el Museo de la Grana Cochinilla, el Teatro Macedonio Alcalá y demás recintos culturales, pero acontece que sólo recorres la décima parte de lo propuesto gracias a tus desveladas, tu desayuno bufete hasta el mediodía, la alberca del hotel, las visitas a la tiendas para adquirir “recuerditos” y demás eventos que retrasan el recorrido planteado.
¿Por qué ocurre esto? A ciencia cierta, no lo sé. Tal vez se deba al hecho de que durante las vacaciones uno está más receptivo a distraerse de su plan trazado, con otros factores o circunstancias que se presenten. O quizás sea que mandamos a descanso a nuestra fuerza de voluntad y nos dedicamos a cultivar la modorra. O ambas. Sin embargo, no todo es lamentación por unas vacaciones perdidas. Hay encuentros inesperados muy positivos. Por ejemplo, pude comer con varios de mis amigos, a quienes no había visto en varios meses (y descubrir que ahora están casados y esperan hijos). También pude comprobar que el tiempo no es chicle, que los verdaderos comerciales de la televisión son los programas, y que cuando menos te lo esperas tus vacaciones se van al garete junto con tu quincena y el plan que te habías trazado.
Hace varios años me encontré a un compañero de la preparatoria. Él abordaba el microbús con su novia, mientras yo lo observaba discretamente desde un estrecho asiento de plástico. ¿Será o no será?, pensé. Y en efecto; era mi antiguo colega de la institución marista, pero no recordaba su nombre. De pronto, cuando lo tuve frente a mí, movido por la emoción que producen los encuentros con el pasado adolescente, le espeté:
– ¡Quiubo Pony! ¿No me recuerdas? Estudiamos juntos en la prepa.
– ¿Quién eres? –respondió.
– Soy Galindo, del CUM. Me sentaba junto a Carrillo.
Se hizo un silencio incómodo; luego me miró con displicencia.
– Mmm, sí, Galindo –dijo con cierta modorra y fastidio–. Pero te recuerdo que no soy Pony, sino Valder Campos.
– ¡Claro! Es que soy algo olvidadizo, Valder.
Comprendí que mi saludo no era bienvenido. La novia me observó entre incómoda y extrañada. Luego le susurró al oído. Él le respondió algo como es un güey de la prepa, mi vida. Sobra decir que el Pony ni siquiera tuvo la cortesía de presentármela. Entonces descubrí, como los grandes estrategas, que el terreno era hostil y marqué retirada. Corté la conversación de manera diplomática; es decir, me bajé del camión en la siguiente parada y de esta forma evité un viaje desagradable y perturbador.
Recuerdo que le decíamos Pony porque no era precisamente un rascacielos, pero tenía buena patada gracias a sus entrenamientos en la selección de fútbol escolar. Eso es todo lo que recuerdo de él. Y que me debía treinta pesos de una comida corrida con el chino Peng.
El escritor y periodista mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi apuntaba, a propósito de los apodos, en el capítulo dos de su extraordinaria novela El Periquillo Sarniento, lo siguiente: “Entre los romanos fue costumbre conocerse con sobrenombres que denotaban los defectos corporales de quien los tenía: así se distinguieron los Cocles, los Manos largas, los Cicerones, los Nasones y otros; pero lo que entonces fue costumbre adoptada para inmortalizar la memoria de un héroe, hoy es grosería entre nosotros. Las leyes de Castilla imponen graves penas a los que injurian a otros de palabra, y el mismo Cristo dice que será reo del fuego eterno el que le dijere a su hermano tonto o fatuo”.
Verdad es que en nuestros días los motes no inmortalizan a nadie, ni falta que hace, para eso está la televisión. No obstante aún ridiculizan y ofenden. Recuerdo el caso de otro amigo mío (soy muy sociable) que desde la primaria hasta la preparatoria le apodaron el Bombón. El génesis del sobrenombre tuvo lugar en una clase de segundo de primaria con la maestra Lita, quien le dijo que parecía un bombón –por lo esponjoso de su cuerpo y lo dulce de su alma–, mientras le pellizcaba cariñosamente la mejilla. En el recreo los vándalos del salón lo bautizaron en los bebederos.
Con el transcurrir del tiempo mi amigo siguió conservando su fisonomía abultada, sus rollizos cachetes y su apodo. Quizás sihubiera hecho una dieta de lechuga y adquirido un temperamento iracundo y tosco, el mote se habría eclipsado, como la maestra Lita que murió hace dos años. Pero no fue así.
Durante los primeros meses de vida universitaria, mi amigo se había olvidado del famoso mote. Vivía en un espacio de libertad y pluralidad académica. O lo que esto signifique. Nadie lo conocía ni sabía de su pasado. Lo único quelo distinguía de los demás estudiantes era su número de matrícula: 099304568, de la que se sentía muy orgulloso. Yo lo vi besar su credencial dos veces en la biblioteca. Además había ingresado al equipo de pesas y su complexión rechoncha había adquirido proporciones vigorosas. Si bien no era esbelto se había convertido en un gordinflón fornido. Pero como decía mi abuela: el que nace para barril del cielo le caen los aros. Y como no todo lo que brilla es oro; una tarde, cuando mi amigo salía del gimnasio con sus atléticos compañeros, quiso el destino que se encontrará de frente con una excompañera de la secundaria, quien se le abalanzó al cuello mientras gritaba: ¡Bombón, Bombón! ¡Qué gusto encontrarte por aquí! El Bombón puso cara de gárgola y se petrificó. Volteó patidifuso a ver a sus amigos, quienes tan sólo intercambiaban miradas burlonas. ¿Quién era esa aberración que lo abrazaba, restregándole en la cara su pasado? El Bombón vació su archivo mental hasta que dio con el nombre: Julia Trípoli, sobreviviente del campo de concentración de la secundaria. Uno de esos tumores que creía extirpado para siempre de su vida y bruscamente reaparecía, agitando sus voluminosos filetes.
Al día siguiente, la noticia se propagó entre los compañeros del Bombón. Las líneas del anonimato y el sosiego se rompieron. Y mi querido camarada, de ser la matrícula 099304568, pasó a ser un malvavisco macizo, o lo que es lo mismo un Bombón fortachón, como ahora le decimos sus amigos.
Soy consciente de las limitaciones éticas de la política y de la sociedad mexicana.También reconozco que la política no es para almas bondadosas e ingenuas, como no lo es tampoco la convivencia dentro de una sociedad acostumbrada a la medianía –hace medio siglo José Vasconcelos hablaba del desastre moral, económico y político provocado por gobiernos indignos y por la pasividad de un pueblo que había dejado de ser revolucionario–. No obstante, estoy convencido de que el proceder obtuso e incorrecto de los gobernantes acentúan el detrimento de la política, de las instituciones y del país. La clase política no ha podido o querido o deseado quitarse los grilletes que la sujetan. Es prisionera de lo que Enrique Iglesias nombra como la captura de las decisiones políticas por parte de organizaciones sindicales, poderes fácticos, familias influyentes, intereses económicos. Porfirio Muñoz Ledo también hace referencia de ello en su libro La ruptura que viene (Grijalbo 2008), y le agrega un adjetivo coagulación oligárquica.
Del mismo modo, como la madre que guarda con devoción veinte cajas con documentos, estampas, invitaciones, pagos vencidos, recuerditos, ganchos, y demás elementos inservibles que sólo ensanchan el inventario hogareño, en el reducido closet de su cuarto, los mexicanos somos prisioneros de la desidia, la apatía, la intolerancia, la irresponsabilidad, el reduccionismo, la simulación, la mentira, esas veinte cajas de actitudes inservibles que guardamos en un closet hecho a la medida de nuestra mediocridad. Un closet del cual no nos deshacemos ya por el recuerdo o la nostalgia ya por el capricho o por el temor a perder nuestra identidad; un closet que en realidad es una prisión: una coagulación de vicios, que nos tiene capturados desde hace décadas. Desde luego, generalizo y eso es aborrecible. Seamos aborrecibles y, en esa medida, seamos mejores.